Este año mi único deseo era recibirme. Mientras esperaba las fechas académicas para entregar la maldita tesina, tenía que hacer tiempo. Estaba decepcionado con mi carrera, con la literatura, con mi propia estupidez: harto de girar en círculos. ¿Qué hice? Algo que mi propia exigencia no me había permitido nunca: ver series como un enfermo que tuviera doscientos años de vida por delante. Empecé con Sex and the City (1998), después vi mi peor reflejo en You (2018), continué con Mr. Robot (2015) y fue entonces cuando quise ser un genio de la informática para colapsar el sistema —seguramente, en algún momento, escriba sobre eso—. Como mi mirada estaba puesta en las series, llegué a Los Soprano (1999).
El hecho de que fuera una de las historias de culto más consagradas y de que Tony Soprano fuera a terapia me hizo entrar. Pero lo cierto es que yo quería tiros, quería muertes, quería sangre y toda la parafernalia que las películas de gánsteres nos entregan para que podamos relamernos con cosas que nunca haríamos en la vida. Me encontré con algo mucho más profundo. La serie se estrenó el 10 de enero de 1999. Con seis temporadas en total, en 2007 se transmitió el último capítulo. Es interesante que, durante la emisión, ocurrió el atentado a las Torres Gemelas —que aparecían en la secuencia de apertura— y, después de eso, las borraron. La historia se centra en Tony Soprano, heredero de la mafia italiana en Nueva Jersey. Algo así como unos mafiosos de las afueras: tampoco es que controlaran Nueva York. El primer episodio arranca con la primera sesión de Tony con su psicóloga. Dos mundos totalmente ajenos se encuentran: él, un tipo que resolvió su vida a través de la violencia y que, en los siguientes episodios, tiene que ocultar que se psicoanaliza porque los suyos dicen que va al “loquero”; y ella, una psicóloga de buena cepa y muy progresista, que encuentra en el hombre de la mafia un caso de psicopatía extremadamente interesante para trabajar. Imagínense. A medida que la historia avanza, se muestra muy poco del trasfondo de la mafia. Yo veo series y películas como leo libros: la información sobre lo que pasa en sus negocios se le oculta bastante al espectador. Esto me llevó a definir así este artículo: ¿de qué se trata Los Soprano? De la familia. Los Soprano gira en torno a los vínculos familiares. En primer lugar, la familia de Tony, que vive en la contradicción de querer encarnar el ideal yanki cuando todos sus vecinos saben quiénes son. Además, es re familia tipo: una hija, un hijo y todas las convenciones sociales. Después está la relación de Tony con su madre, tema que le ocupará unas cuantas sesiones de terapia para poder profundizar. También la relación con su tío, su “superior”, aunque en la práctica los límites se difuminan todo el tiempo. Son socios, pero también enemigos, y en esa fricción la serie sabe contar lo que son las relaciones humanas. Luego aparecen los conflictos de la mafia en sí mismos, aunque siempre girando alrededor de los códigos que se deben respetar: el linaje, la lealtad, el pasado y las reglas con las que trabajan las familias como la de Tony. No importa tanto a quién estafar como con quién no hay que sobrepasarse. Encerrado en mi habitación, horas enteras frente a la pantalla, escuché los mejores diálogos con los que me encontré jamás. Es tal el grado de conciencia de los personajes —y, por ende, de quienes la escribieron— que, por momentos, me hacía acordar al humor de Los Simpson. Sí: también hay humor, capítulos inesperadamente graciosos. Los personajes se cuestionan constantemente los roles que ocupan en la sociedad. Pero, a diferencia de Los Simpson, la serie se apoya en la realidad. Es realismo puro. Por eso, si esta reseña los empuja a comenzarla, les advierto que ese tipo de ficción ya casi no se hace. Requiere dedicación y paciencia para digerir un lenguaje al que ya no estamos acostumbrados. Este año, por suerte, me recibí. También puedo decir que tuve el privilegio de ver una de las mejores series de la historia.