El segundo café que bebe hace el efecto que busca: está totalmente energética; siente su cabeza despierta y atenta para terminar las conclusiones de la investigación. El tema que eligió para su tesis es sobre el control social de la criminalidad: cómo se intenta (o no) prevenir los asesinatos (desde los crímenes pasionales hasta los causados por hechos de inseguridad). Está sumergida en el escritorio entre papeles, notas y la notebook encendida. Es tal su grado de concentración que no se da cuenta del desorden que la rodea. Siente que el bebé se mueve; siente la piel de su panza estirarse por las extremidades, acomodándose. Piensa otra vez que debería estar descansando, pero al instante se responde que quiere terminar de una vez ese asunto pendiente desde hace más de un año. Se consuela pensando que hay mujeres que hacen cosas mucho más forzosas en ese estado; ella solo está sentada en su escritorio pensando y escribiendo.
Se le fueron las horas del día; cuando llegó Tomás con Josefina, la encontró así… no le dice nada. Ella sabe que el planteo vendrá luego, pero mucho no le importa. Una o dos horas después, satisfecha por el avance de la jornada, se echa en el sillón. No pasan ni diez minutos cuando su celular suena; contesta y le informan del accidente.
Lo único que saben es que cruzaba, por el centro, una calle con su auto con semáforo en verde, cuando un auto que circulaba a bastante mayor velocidad pasó en rojo e impactó contra su automóvil, justo del lado del conductor. Todavía no se sabía si estaba alcoholizado ni si iba usando el celular. Su padre, no bien entró en el hospital, quedó internado en terapia intensiva. Las últimas veces que lo había visto, cuando se habían encontrado para alguna fiesta o para algún cumpleaños, la relación entre ambos había comenzado a mejorar. El impacto de crecer fue duro para ella. Haberse enterado del verdadero negocio de su padre hizo que el castillo de princesa donde pensaba que había crecido se convirtiera en un escenario tétrico, del que debía huir. Por eso se había mudado a Buenos Aires luego de haber discutido mucho con su familia, y había depositado sus energías en hacer su propia vida. Julia no se detiene a pensar, ni en su tesis ni en su embarazo: solo acuerda con Tomás que él se quede con Josefina. Él no puede dejar su trabajo y, es mejor que ella siga yendo a la escuela. Arma el bolso menos pensado de su vida, con lo que usa en el día a día (lo básico), y emprende el viaje. Su embarazo está bastante avanzado: falta solo un mes para la fecha de parto. Por ese motivo, Tomás le reclamó que no manejara. Por eso le dijo que el auto no era muy seguro; le pidió que tomara un micro o que buscara alguien que la llevara. Para ella no fue suficiente: no quería estar en Mar del Plata sin movilidad propia; no quería esperar para tomar un micro; no tenía ganas de viajar con nadie. Casi no podía pensar y necesitaba salir urgente. Lo único que le importaba era hacer esos cuatrocientos kilómetros que separan una ciudad de la otra: los había manejado decenas de veces; no veía el momento de estar junto a su padre. No vuelve a pensar en la imagen que tiene de él. Si tuviera un momento para reflexionar, diría que, a pesar de todo, no es una mala persona. A ella nunca le faltó nada; la protegieron de la verdad mucho tiempo y, a pesar de alguna cólera, de algunos gritos y pieles enrojecidas, no tenía nada para reprocharle: había hogares mucho peores. Tal vez no hubo abundancia de afecto; tal vez el cariño era otra cuota más que le costaba pagar todos los meses pero, siempre que lo había necesitado, había estado, hasta cuando ese primer novio se había sobrepasado en la quinta un verano de su adolescencia. Estuvo presente en ese momento; se encargó de ajustar su protección. Después de ese episodio, no lo volvió a ver igual. Poco a poco, también se iría enterando de los negocios: la relación nunca volvería a ser la misma. Su madurez llegaría temprano. Aunque el mayor rencor que le tenía era por verse reflejada teniendo las mismas actitudes. No tiene a quién culpar que el mismo día que viaja comienza un fin de semana largo: la ruta está totalmente cargada. A mitad de camino, el tráfico deja de fluir; los autos se detienen… casi no avanzan. No sabe cuánto puede demorar pero, cuando ya pasan cuarenta minutos y sigue en el mismo kilómetro, deduce que hubo un accidente. Tras haber sintonizado la radio de la autovía, no encuentra ninguna información. Pasa una hora y media; tiene los nervios aún más alterados que cuando la llamaron. Con veinte kilómetros avanzados, siente una punzada terrible en la panza: el gemido de su boca sale desesperado. No es normal. Cuando nota la humedad en sus piernas, dirige su mirada al asiento; toca su vientre. El dolor, que no quiere nombrar, es cada vez más fuerte. Nunca imaginó que sería así. De todas formas, está agradecida: lo que hay en la alfombra es la evidencia de un parto prematuro, y no la sangre del final. No tiene mucho espacio más en su cabeza para tolerar la situación. Después de haber salido del momento de shock, cuando logra comprender la situación, lo más cerca de aceptarla, busca el celular para llamar a Tomás. Escucha que le tocan bocina los autos de atrás y se da cuenta de que tiene que avanzar. Otro grito desgarrador se escapa de su boca al sentir como si una daga se le clavara en el vientre. Luego grita de frustración. Putea a varios dioses y a otras madres. Finalmente, un llanto desesperado cubre su rostro. Intenta seguir siendo práctica: no tiene señal. El corazón le palpita desbocado y, cada uno o dos minutos, el dolor regresa. La poca alternancia entre cada una de esas cuchilladas le informa que no falta tanto. Con un grado de ansiedad que nunca vivió, en estado de pánico, sigue intentando llamar. En esa lucha contra el dolor, intentando soportarlo, se logra comunicar. Sean cuales fueren las palabras, él entiende enseguida. Le dice que llamará a una ambulancia. Ella, enojada, le responde que está desde hace más de una hora en medio de un atasco, que la ambulancia no llegará a tiempo. Es la única persona a la que puede culpar por lo que le está pasando, aunque sabe que no tiene la culpa. Él también putea; le dice que pida ayuda a las personas de los otros autos, que aguante, que todo va a salir bien. Ella corta el llamado. Mira a los lados, respira profundo y siente algo parecido a la calma. Acaricia su panza; su gesto se transforma una mueca horrible. Se dice a sí misma que no piensa pedirle ayuda a nadie.