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Un cuadro.

Un cuento de Milton Adriel Penna · Publicado en 2025

El sábado por la noche, desde que había regresado de la exposición, no salió de su casa. Ese lunes debía continuar con los trabajos de la agencia, pero no podía. Llamó, dijo que estaba enfermo y que se tomaría unos días. Ya presentaría el certificado. En parte era cierto: el calor sofocaba tanto el aire que le provocaba un malestar mental que lo llevaba a bañarse varias veces en el mismo día. Además, una ducha contenía la absurda ilusión de que, quizás, le daría ganas de hacer algo. Aunque eso no era nada comparado con lo que en verdad le pasaba: no podía sobreponerse a lo que sus ojos habían visto, a lo que su cuerpo había descubierto. Abandonó todo. Fue como si hubiese arrastrado lo que había sido su vida hasta ese momento.

El miércoles se propuso que, aunque no retomara el trabajo, al menos intentaría hacer algo productivo… no seguir dejándose estar. Pero fue inútil: por más que intentaba esforzarse y se lo repetía una y otra vez, no encontraba las ganas. Vivía como si su propia gravedad se hubiera transformado en otra, mucho más espesa, mucho más pesada. Las temperaturas que sufría reforzaban esa sensación. No podía salir a la calle sin temor a desmayarse. En su casa, ni el aire acondicionado lograba combatir la potencia del sol.

Llega el jueves y recuerda que tiene sesión con la psicóloga. Le manda un mensaje: le pide que, si es posible, la sesión sea más tarde. No quiere sufrir más el calor y prefiere salir por la noche. “Al fin tengo un motivo suficiente”, piensa. Ella le responde: le dice que vaya a las ocho. Se baña otra vez, se cambia e intenta ser consciente al elegir cómo vestirse: no quiere salir tan desarreglado. Finalmente cruza el umbral y camina a la parada. Además de transpirar por el calor que aún hay a esa hora y por el pésimo humor que le genera, transpira también por el miedo, por el temor a sí mismo. No quiere llegar. Como puede, baja del colectivo. Intenta enfocarse en el aquí y ahora, pero siente que se ahoga, que le falta el aire. Cree posible el desmayo en cualquier momento. No mira a ninguna de las personas con las que se cruza. Cuando llega, Carla lo recibe; apenas lo ve, se apura para hacerlo pasar. Le ofrece tomar asiento y le alcanza un vaso de agua. Ella espera, paciente, a que termine de recuperarse. Cuando nota que su respiración se calma, le aclara que, cuando se sienta preparado, puede empezar. Entonces, Julián, después de un rato, rompe el silencio: —Creo que entendí cuál es el problema. —Ella asiente—. El sábado fui a una muestra, una exposición en un centro cultural cerca de mi casa. El artista no es muy conocido, pero tiene un talento que, apenas vi uno de sus cuadros, me dejó sorprendido. —Mientras recuerda, sus facciones vuelven a ser las de ese instante. —No es necesario que te apures: tenemos tiempo. —¿Puedo pasar al baño? Allí vomita. Ella se acerca a preguntarle si necesita ayuda; él se niega. Tarda un momento, pero sale e intenta retomar el relato. —Julián, si no te sentís bien o, simplemente, hoy no podés expresar lo que te pasa, no hace falta que te obligues. —Gracias, pero necesito contarte; no puedo seguir así. En la muestra había un cuadro que me llamó particularmente la atención: era la crucifixión de Cristo, pero era distinto. Era, pero no era… como un Cristo de ahora. Me paralizó su mirada y el estado en el que estaba, como si el artista hubiese querido representar una herida que pudiese durar para siempre. No sé cómo expresarlo. —Se paraliza y llora—. Entendí que dentro de mí hay una herida así. Al ver el cuadro terminé de comprender que estoy así de roto. Ya sé cuál es la verdad que estuve buscando en este espacio. —Se hace un silencio prolongado. Parece salir del trance en el que está desde hace días—. Sobre todo, era su sangre, la manera en que estaba condenado. Me provocó tanto placer como angustia. No saber reconocer qué sentimiento predominaba fue el comienzo de esta caída. El llanto se le escapa, incontrolable. Carla le alcanza unos pañuelos y lo mira con amor. —Vos sabés que hace años soy psicóloga y tengo mucha experiencia con estos temas. Tenés que confiar en que se puede seguir viviendo. Ahora te parece muy fuerte, y eso es normal: es la primera sensación que tienen todos. Es el golpe del principio; no estás roto. Cuesta mucho, pero vas a terminar aceptándolo. Confío en vos. —No sé si quiero vivir así —afirma con el llanto aún en la garganta, con el rostro totalmente consternado, con una mueca que Carla descubre por primera vez. —La etapa de saberlo abre posibilidades. —No quiero saber nada —asegura, casi enojado. —Es normal que ahora no quieras, pero pensá que, al menos, ya sabés qué es lo que te pasa. —Nunca imaginé ser uno de ellos; siempre viví cuidándome de que no me pasara nada. Casi nunca salgo de noche, no me encuentro con extraños… —Te entiendo. Ahora comienza otro proceso; recién ahora pudiste verlo. —No entiendo cómo puedo sentir algo así. —Vas a estar bien. —Él calla—. Lo mejor va a ser que te derive con un colega mío, especialista en casos como el tuyo. —Sigue sin hablar—. Tenés que saber que se puede vivir así; la mayoría de las personas lleva una vida normal. Cuando se despiden, Julián no toma el colectivo que lo lleva a su casa: se pierde toda la noche entre los bosques. Al día siguiente, despierta y ve que está cubierto de sangre. Corre a bañarse. Cuando se había acostado, exhausto por las corridas y los ataques, su mente no pensaba en nada; solo una sonrisa se dibujó en sus labios por primera vez después de semanas.