Hace meses que trabajo en el proyecto final de mi carrera; es lo único que me falta para recibirme. Cuando supe que el tema era libre y podía elegir algo que me entusiasmara, no dudé: era un asunto que, sin saberlo, me había acompañado desde hacía años. Pensé que podría profundizar y aprovechar lo que ya conocía. No sería fácil, pero el proceso sería placentero.
Los primeros meses no fueron malos. Terminé los libros pendientes, vi entrevistas, escuché la música que le gustaba. Casi no prestaba atención en las clases: confiaba en lo que hacía. El tema de mi investigación era descubrir cuáles habían sido sus influencias. Lo que empezó como una curiosidad genuina se volvió algo mucho más complejo. Llegó un punto en que ya no supe dónde estaba parado.
Aprobar el primer parcial me tranquilizó: estaba bien encaminado. Pero para el final debía presentar el veinticinco por ciento de la investigación, y cuando me llegó un dos de desaprobado, comenzó el problema. Me dediqué por completo a la tesina durante dos semanas. No solo debía estudiar: también surgieron problemas en mi trabajo, el que me permitía vivir solo. Por la crisis económica, la empresa iba a cerrar. Me enteré de que me despedirían. Para mantenerme, necesitaba recibirme; pero sin aprobar, no habría título. Me quedaría sin sueldo antes. Casi no veía a nadie. Solo salía para conseguir libros o, agotado, para dar una vuelta en auto. Después de la devolución, todo empeoró: tenía menos tiempo para corregir y más presiones encima. El primer día hice una especie de duelo; al siguiente pensé que no podría retomar nunca más. Pero seguí: volví a la investigación. No sabía que profundizaba mi perdición. Si antes veía una o dos entrevistas por semana, empecé a ver una por día. Me quedaban casi cinco meses con las vacaciones de invierno. Leía siete libros por mes; con presión, podría llegar a diez: cuarenta libros en total. Cuarenta influencias no era un mal número. Suspendí el cine: si veía una película, sería para la investigación. Leería en los ratos libres del trabajo; total, el destino ya estaba dictado. Después de algunos días de estrés, el plan comenzó a funcionar. Se acomodaron los horarios. Tal vez fue por las lecturas o por la música que pasó todo. Encontraba lo que buscaba en Barker, Fonte y King: los monstruos, los bajos fondos, el terror. Pero también las entrevistas hacían lo suyo: después de escucharla tanto, me descubrí pensando como ella, asimilando su manera de entender la vida. Vivía solo y tenía una relación virtual con alguien que no me conocía, pero que me acompañaba más que nadie. Y en parte lo disfrutaba. Estaba consumando una identificación profunda. Cuando quise darme cuenta, nada escapaba a la investigación. Volví a Lovecraft, a Borges, a Silvina Ocampo. Sentía que entendían lo que me pasaba. La voz de los escritores, y la suya, eran la mía. Había una comunión secreta, una fraternidad de los iluminados. Yo creía que solo quería recibirme, pero me engañaba. Lo que me ocurría era otra cosa. Algunas personas nacen bajo una estrella distinta; poseen el conocimiento de un misterio oculto. Yo creía estar revelándolo. Hubo un tiempo en que me obsesioné con Van Gogh. Leí las Cartas a Theo, los ensayos de Artaud. Fui a la exposición en la Rural y ya sabía todo. Varias veces fui al Bellas Artes solo para quedarme frente a su cuadro, junto al molino. Fue un buen momento. Pero Artaud también advertía algo. En la nutricionista imaginé que mi peso seguiría igual: había dejado de entrenar. Pero había bajado cuatro kilos. Le conté mis últimos meses y me dijo que el estrés pudo haber activado mi metabolismo. Nunca lo imaginé: siempre engordaba en las crisis. Por un segundo me vi riendo como Joaquín Phoenix en Joker, con las costillas marcadas, consumido por la maldita tesis y la maldita autora. Era mi oreja propia: la grasa desaparecía, la investigación me devoraba. Ese viernes leí a Rimbaud y a Éluard. Estaba sumergido en la poesía. Cuando llegó el delivery, no supe cómo saludar. Otra noche sin saber si dormí o no, pero igual me desperté a tiempo. A la mañana siguiente leí El libro de los seres imaginarios. La acumulación de información me desbordaba: necesitaba avanzar con la escritura, pero no sabía cómo explicarlo. Era demasiado personal para un texto académico. Sin embargo, me senté frente a la computadora. Algo tenía que salir. La voz académica me resultaba ajena. Abrí un archivo nuevo, puse canciones que le gustaban: Lana Del Rey, Billie Eilish, Taylor Swift, Chet Baker. Las palabras comenzaron a fluir. No entendía lo que escribía, pero escribía. Cuando me desperté, el cambio se había consumado. Me había quedado dormido frente a la computadora, con la cara sobre el teclado. Lo primero que noté fue el pelo: nunca lo había tenido largo. No entendía. Miré mi cuerpo: era otro. Corrí al baño y me miré en el espejo. Y la vi: era ella. Grité y gritó ella. Me pellizqué: no estaba soñando. Golpeé el espejo: se rompió. Sangré. Busqué otro. Su cara seguía allí. Hablé y tenía su voz. Pasaron semanas. Cuando menguó la desesperación, me fui acostumbrando. En un momento entendí que nada sería mejor para aprobar que conectarme a la clase con su rostro.